17.6.09

Que verde era mi valle






No se trata del título de la novela, sino al recuerdo de mi querido valle situado a las orillas del serpenteante rio Pas. Viene a mi memoria el pintoresco pueblecito de mi abuela, de apenas mil habitantes, Puente Viesgo, rodeado de montañas sobre la que destaca el “Pico del Castillo”, una montaña llena de misterio con una forma de cono romo casi perfecto y que alberga en sus entrañas varias de las cuevas prehistóricas más bellas del mundo, "El Castillo" con sus increíbles pinturas rupestres, restos de fósiles de todas las clases o como la cuevas de "Las Chimeneas" con sus bellísimas formaciones de estalactitas, crean un halo mágico y misterioso alrededor de esta montaña. Frente a ella se alza imponente otro pico “La Joyuela” de mayor altura y coronado por enormes eucaliptus.
· En ese majestuoso valle se encuentra Viesgo para los oriundos. Con su puente reconstruido después de la guerra, que da paso al balneario, con sus aguas para el reuma y el corazón; al fondo la Iglesia románica de la que se conserva el campanario original y el resto fue reconstruida con gran fidelidad por casi todo el pueblo en los años sesenta.
· También es de destacar la vieja estación de tren que ha sido reconvertida en un parque infantil aprovechando el trazado de las vías para hacer un circuito para pasear y montar en bicicleta. Y “la presa” una presa sobre el rio con unas salmoneras escalonadas que dan paso restrictivo a los salmones que luchan por remontar la corriente para alcanzar su desesperada meta.
· Flanqueando el margen izquierdo desde “la presa” hasta el puente hay un camino de piedra que da acceso a los pescadores al coto salmonero. En esta orilla pasaba los largos veranos de tres meses de mi infancia. El agua es cristalina y te deja ver las truchas y los salmones en su tenaz lucha por subir contracorriente. En dos ocasiones he logrado ver unas parejas de nutrias que pescaban furtivas las adormecidas truchas. También los Martines Pescadores hacían sus delicias con los inocentes alevines.
· En un punto del camino pasada la antigua central de la Electra Pasiega hay una pequeñísima playa de arena formada por el delta de un regato que solo lleva agua pluvial y junto a la playa esta “el barco” un roca con forma de canoa a la que llamábamos "el barco". Allí blandíamos nuestras arbóreas espadas y destrozábamos a cañonazos los imaginarios barcos piratas que nutrian con sus restos de valiosos botines que atesorábamos en la playa que consistían en palos que arrastraba la corriente y otras inmundicias de plástico. Junto a la roca tierra adentro hay un viejo roble que era nuestra atalaya y nuestro faro, cerca de allí en una chopera construimos nuestra fortaleza, "la cabaña" donde preparábamos nuestros planes “de guerra” y soñábamos nuestras victorias.

· De esta guisa, entre los baños matutinos en “la presa” o a la playa del Sardinero que era un viaje de 29 kilómetros y las tardes en el barco o de excursión en bicicleta pasábamos el trimestre estival sin darnos cuenta hasta que llegaba la fiesta de San Miguel patrón del pueblo que nos recordaba que a los pocos días volveríamos a Madrid y al cole.
· Sin televisión, sin consola ni móvil, sin juguetes electrónicos, el tren de los días caminaba sobre el raíl de la estación estival acortando sus tardes lo suficiente para que supiéramos cuando podíamos ir a robar manzanas o a pescar anguilas, cuando se podían coger los tomates de “las pasiegas” unas pobres señoras que cuidaban su huerta con esmero y eran asaltadas por la chiquillería en las noches de agosto. Luego venían las castañas y por último las nueces que empezaban a caer justo cuando volvíamos y sobre todo el sabor de “la tierruca” la fragancia del eucalipto y la hierba recién cortada, el pastar perezoso de la vacas lecheras que en la actualidad están siendo sustituidas por ganado de carne pero sobre todo lo que más importaba era la seguridad de que al año siguiente mi barco me esperaba quieto inmóvil y listo para el abordaje.
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